¿Por qué entre los pescadores de un puerto hay unas embarcaciones que son las preferidas para enrolarse? Esta pregunta la he estado formulando este verano a unas cuantas “gentes de la mar” del puerto de La Ràpita (oficialmente y en los mapas, Sant Carles de la Ràpita). Es un tema que he escuchado en bastantes conversaciones durante los años que llevo siendo ciudadano adoptivo de esa ciudad del Delta del Ebro. Y este verano pasado he estado formulando esta pregunta a pescadores, personas que lo fueron, algún patrón, familiares de todos ellos y personas que trabajan alrededor de la actividad de la pesca en el puerto (comerciantes, camareros, armadores). Como en otras ocasiones, no he pretendido hacer una encuesta a una población extensa y que sea una muestra formalmente fiable, sino simplemente recoger opiniones directas de personas que creo que pueden tener una opinión en primera persona.
Mi interés por encontrar respuesta a esta pregunta es, como me pasa con muchas otras cosas, un interés de aprendizaje. Esta pregunta, desde una perspectiva de las empresas y equipos con los que estoy habituado a trabajar tiene poco misterio. Una empresa es más atractiva porqué es diferente a otras empresas. Diferencias en su solidez, en su presencia en el mercado, en la retribución y las opciones de desarrollo que puede ofrecer a una persona, en su ubicación geográfica… Pero, en el caso de los barcos de bou de un puerto pesquero, las diferencias no parecen tan evidentes. De entrada, más allá de lo nueva que sea una embarcación, pocas cosas diferencian a unas de las otras. Las normativas en vigor no dejan margen para utilizar tipos diferentes de redes o para realizar la actividad en horarios diferentes a las demás embarcaciones o para capturar especies diferentes. Y el sistema de retribución de las tripulaciones tampoco presenta mucha diversidad; además, está directamente relacionado al valor de la captura de la jornada del que hay que descontar los costes de operación. Y en un entorno tan duro como éste, las oportunidades de desarrollo pesan mucho menos que la seguridad, y las embarcaciones parten y arriban al mismo puerto y operan en la misma área geográfica con las mismas condiciones climatológicas.
Por lo tanto, ¿por qué hay unas embarcaciones que son las preferidas para enrolarse? En las conversaciones que he mantenido existen dos elementos que se repiten aunque se verbalicen de maneras diferentes. Y, ¡oh sorpresa! (o no) ambos están relacionados con el patrón de la embarcación. Aquel a quien le toca ejercer el liderazgo.
El primer elemento es que el patrón ha de saber cómo asegurar un buen resultado en la jornada de pesca. Y para asegurarlo, el patrón tiene que tener conocimientos para el gobierno de la embarcación, para interpretar la información que le da la electrónica de a bordo, para medir los riesgos que la mar oculta, para gestionar los costes de operación (gasoil, alimentos, mantenimiento del material…), para organizar a la tripulación y hacerla eficaz con un número de personas mejor cuanto más limitado, etc. En conclusión: ha de ser un patrón que genere confianza en sus decisiones y saber hacer.
El segundo elemento es que el patrón tenga una relación con las personas de la tripulación basada en el respeto. Cuando escuchaba comentarios sobre este elemento no podía evitar recordar con una sonrisa las imágenes de las películas y las novelas de bergantines, goletas y motines a bordo por lo típico del argumento. Pero, las personas con quien hablaba me hicieron volver a sentir la importancia que tiene en el ejercicio del liderazgo el valorar la individualidad de las personas y su dignidad.
¿Qué he aprendido al encontrar respuesta a la pregunta? Pues que en una organización nos va a ser fácil encontrar los liderazgos preferidos en aquellas personas que combinen las capacidades para facilitar que sus equipos alcancen los resultados deseados, con las actitudes para generar relaciones interpersonales basadas en la dignidad, la justicia y el respeto por el derecho a ser feliz de las personas. En realidad, más que un aprendizaje nuevo, la respuesta me ha hecho ver con más claridad y simplicidad cómo identificar o desarrollar liderazgo en equipos y organizaciones.
Y como es de justicia ser agradecido con quien te ayuda a aprender alguna cosa, una recomendación gastronómica. La próxima vez que queráis celebrar algo con un buen ágape, que no falte en vuestra mesa una buena ración de langostinos de La Ràpita. De verdad que son los mejores que podréis encontrar. Y los mejillones de la Bahía de los Alfaques también deberían formar parte de ese ágape. ¡Que lo disfrutéis y ya me daréis la razón!
Gran lección que nos devuelve al origen de las relaciones humanas ” trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti”.
Mil Gracias, nekane
Sí que ha sido una buena lección. Es lo bueno que tiene el salir a aprender de otras fuentes y no conformarse con los atriles y los libros “formales”. Gracias por tu comentario y por recordar el origen.
Me encanta leer las reflexiones tan positivas, y tan de sentido común (y no por ello menos profundas) de Virgili. Pero hoy estoy un poco depre (será la vuelta del puente…) y me viene a la memoria un artículo de Antoni Puigverd en la Vanguardia (”¿No nos haremos daño verdad?”) en relación al caso Millet. El articulista se pregunta si quienes administran nuestro dinero son los que podrían sacarle mejor partido. Se refiere a los grupos de poder que dirigen la actual sociedad catalana (habla de feudos), los cuales “frecuentemente pactan y se reparten instituciones, presidencias de cajas, consejos de administración, patronazgos, mandarinazgos, canojías…
Yo me pregunto, ¿podemos desenrolarnos de estos barcos guiados por estos patrones?
Menos mal que nos quedan los langostinos de la Rápita
Santi, espero que ayer martes la depre ya hubiera volado. Sobre la estafa Millet y la reflexión que hace Puigvert en su artículo… creo que más que desenrolarnos los demás, lo que hay que conseguir es que el sistema les desenrole a ellos. Y contra eso la democracia y la justicia son un buen instrumento. Lentas, imperfectas e insuficientes. Pero no deben ser tan malas cuando este tipo de individuos se esfuerzan por controlarlas e influirlas desde los aparatos de los partidos políticos, de los lobbys de presión y de los grupos de comunicación. Me parece que la solución pasa porqué vayamos consiguiendo que el poder y la influencia estén más distribuidos en la sociedad. Y para ello la participación individual, incluso desorganizada, creo que es un buen instrumento. Y sobre los langostinos, ya sabes: sólo nos queda coincidir un fin de semana en La Ràpita. Gracias por hacer este sitio más vivo.