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¿El miedo como factor de liderazgo?

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Durante estas dos últimas semanas me he encontrado en varias ocasiones debatiendo sobre el papel que puede jugar el miedo como un factor de liderazgo. En todos los casos, el debate se ha generado después de presentar mi planteamiento sobre la finalidad del liderazgo: actuar para movilizar las voluntades de las personas hacia la consecución de una meta colectiva compartida y equilibrada con las metas individuales de esas mismas personas.

Este planteamiento me lleva a concluir que el liderazgo es efectivo cuando se orienta y consigue que las personas quieran hacer; no simplemente que las personas hagan.

Varias personas me han planteado que, entonces, el miedo es un instrumento para ejercer liderazgo. Y que podría llegar a haber personas que lo consideraran como un instrumento efectivo dado que ante el miedo es evidente que las personas quieren hacer. Es necesario aclarar que en estos diálogos nos centramos en el miedo, no en la preocupación generada por una tendencia negativa o por una situación difícil del entorno.

Que el miedo es una de las emociones motoras en la conducta de las personas es una realidad innegable. Ante una amenaza ponemos en marcha nuestros mecanismos de reflexión y de acción. Por lo tanto, estoy de acuerdo con que el miedo es un instrumento para conseguir que las personas quieran hacer. Y la historia está llena de ejemplos de movilización de masas mediante el miedo. Pero, ¡qué casualidad!, cuando analizo esos ejemplos en todos encuentro una finalidad en la persona o personas que utilizaron el miedo como factor de liderazgo que atenta contra la ética y los derechos humanos.

Más allá de cuestiones éticas, podemos analizar el tema desde otra dimensión. En las organizaciones de nuestra sociedad, sean del tipo que sean, de las personas que ejercen liderazgo se espera que posibiliten a sus equipos la consecución de unos resultados. Además, me atrevo a decir que, en todos los casos se espera que ese facilitar la consecución de unos resultados sea sostenible y efectivo a lo largo del tiempo. Y que, por lo tanto, se espera que el liderazgo que ejercen esas personas asegure una voluntad de impulso sostenido en las personas con quienes trabajan en base a una relación de mutua influencia saludable y generadora de compromisos y complicidades.

Y el miedo no sirve para eso. Imaginemos un directivo o directiva que ejerce un liderazgo intimidatorio, tanto en sus formas como en sus decisiones y en la administración de su autoridad. Seguro que impulsa el esfuerzo de las personas de su equipo y consigue que hagan. Pero, en este caso, ¿cuál es el motivo que impulsa a las personas a querer hacer? Simplemente evitar la respuesta previsible de ese directivo o directiva, que es lo que genera el miedo en las personas. Seguro que en ningún caso es la excelencia, la calidad o la satisfacción del logro. Y, ¿qué sucede cuando el elemento que provoca el miedo no está presente? Pues que las personas no necesitan movilizar sus voluntades y, simplemente, dejan de hacer. Y es que el miedo, cuando se aplica desde una posición de autoridad, es como una droga. Tienes que ir aumentando la dosis para que siga generando efecto. Y esto también es posible encontrarlo en muchos ejemplos en la historia.

El miedo es una de nuestras emociones motoras porqué tiene una función importante para la supervivencia de la especie. Igual que el dolor como respuesta física. Y es cierto que es un instrumento de manipulación de sociedades que funciona en periodos de tiempo limitados. Pero no desempeña ningún papel positivo como factor de liderazgo. Excepto en lo que se puede llamar liderazgo terrorista, si es que liderazgo y terrorista son términos que se pueden unir.

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